Una mirada a la disciplina con los más pequeños.

En los niños más pequeños, no hay manera de controlar los impulsos de la frustración. Su tolerancia es baja, por definición. Sus sentimientos son muy transparentes, no pasan por ningún filtro de pensamiento. Por eso de nada sirven los sermones. Es mejor esperar a que se les pase, como cuando hierve el agua…

Aquí van algunas recomendaciones:

1) El Ritmo.- Esta es tu primera y mejor arma secreta. Los niños necesitan un ritmo diario acorde a su edad. El ritmo prodiga regularidad y seguridad. Sus necesidades físicas son lo más importante, mientras más pequeños son, más viven en lo que es básicamente corporalidad.

Más adelante, no esperamos que un pequeño guarde la compostura a lo largo de todo un concierto, o después de pasar horas en el centro comercial. Recordamos que además del cansancio físico, está el cansancio anímico, por la cantidad de impresiones sensoriales (ruido, luces, colores, escaparates, cientos de personas) que recibimos en lugares públicos.

2) Anticiparse y guardar la calma.- Si le das mucha importancia y percibe tu tensión por su “mal comportamiento” esto puede derivar en dos cosas: que lo repita, pues así logra tu atención, o bien que internalice la noción de que “soy malo porque me porto mal”.

Aprende a reconocer el comportamiento antes de que se vuelva una tormenta, y sencillamente no lo permitas, sin enojo ni drama. No lo tomes personal; tu hijo sólo está probando los límites, está pidiendo (a gritos, a veces) que le marques la línea, que reconozcas sus necesidades. Si ya se soltó la tormenta, sabe que tienes que darle tiempo al tiempo; llévatelo a su cuarto o al coche, y recuerda el antiguo adagio: “Esto también pasará”.

3) Responde con “calma firme”.- Es importante no perder los estribos, mantenerte en tu lugar de adulto equilibrado. Esto toma práctica, es todo un camino espiritual! Tus gestos, tu voz, tu mirada, tu presencia toda, reflejan tu estado interior. Modula tu voz para que no suene insegura, emocional, fuera de control. Los niños necesitan saber que estás completamente segura de hacer cumplir las reglas, ¡no hay negociación!
Y no te olvides de r e s p i r a r…

Recuerda que al niño del primer septenio, y mientras más pequeño esto es más cierto, las explicaciones y los sermones moralizantes no les dicen nada. Diciendo y haciendo. “A tu hermano no se le pega”, le dices mientras sostienes su mano. Tienes que estar a las vivas.

4) No uses amenazas.- Aquellas que condicionen tu relación con tu hija o hijo. “Si no te lo comes ya no te voy a querer”. Parece obvio, pero llega a suceder. Tu amor es incondicional siempre, se porten como se porten. Esto no significa que apruebas su “mal comportamiento”, pero no utilizas tu atención y cariño como chantaje. Esto crea inmensos problemas de auto-estima y relaciones en el futuro.
5) No le apliques “etiquetas”.- Etiquetas personales tipo, “No seas (grosero, envidiosa, terco)”. Califica el comportamiento, no a la persona: “Eso no está bien, a tu hermana le duele”. El sermón se puede limitar a: “Habla con tus manos, no deben pegar” o bien, “En nuestra casa cuidamos a las personas”.

No hace falta que a los 2-3 años le hagas que pida perdón por algo, ni esperes que aprendan a compartir! Eso es algo que podemos dejar para más adelante. Ellos no tienen todavía la idea del “Yo del otro”; solamente se empiezan a reconocer a sí mismos.

6) Consecuencias lógicas.- Las consecuencias por algo deben ser inmediatas (no decir: esta noche no habrá cuento si no comiste a mediodía) y lógicas. Igual que la naturaleza: si dejaste la ropa tendida, cuando llueve se moja. Si tu hija tira la comida, se acabó la hora de comer. Si no se quiere poner el suéter, no salen. Sin drama, sin gritos, sin titubeos.
7) ¿Castigado?.- A un niño pequeño no lo mandamos a su recámara castigado; no viene al caso. Sí, seguro necesita ser removido de la escena, pero te vas con él o ella a su cuarto o a otro lado hasta que se le baje, sin dejarlo solo. Es una consecuencia lógica, pero amorosa.
8) No reprimir su llanto.- No regañarlos por llorar, no decirles que se callen o el clásico: “Te voy a pegar para que llores con razón!” (uy…). Tampoco decirles “Ya no llores, no pasa nada.” Con todo eso estamos descalificando sus sentimientos, algo que nadie conoce más que nosotros mismos. Ellos expresan sin tapujos su ira, su frustración, su felicidad y sus preferencias. Necesitan la libertad para expresarse sin juicio, y de ser necesario, ofrecerles una almohada para desquitarse con ella!
9) Pegarles…de veras?.- Sucede con más frecuencia de lo que nos imaginamos. Esto es de lo más denigrante y contraproducente que podemos hacer como padres. NUNCA levantes la mano contra tus hijos. Eso de una nalgada a tiempo… tómalo mejor como una “corrección a tiempo”, pero nunca con violencia. Eso deja huellas indelebles de humillación y dolor, pues el niño ya tendrá miedo y sentirá inseguridad de quienes siempre deberían ser su fuente de seguridad y protección.

Además, estamos dando un ejemplo, y haciendo ver que lastimar es admisible, incluso si al mismo tiempo te digo que “te quiero”… notas la contradicción? Esto genera niños agresivos, y más adelante maridos golpeadores o mujeres vengativas y resentidas.

10) Nana electrónica.- Y por favor… nunca, nunca, nunca le des una pantalla con el fin de que te deje en paz o de que se esté quieto. Lo lograrás, pero a costa de su verdadera libertad. Estarás generando una dependencia que destruye la semilla de su ser.
Querer a tu hijo o hija no significa complacerlo todo el tiempo. Quererlo significa verlo desde una perspectiva más elevada, como el ser humano completo que es. Cuando esté desorientado y confundido, y lo demuestre con un berrinche, ofrécele la guía para anclar correctamente en la tierra.

Por duro o agobiante que parezca, por más pereza que nos de, el invertir nuestro tiempo y atención en dirigirlos amorosamente es nuestro deber y privilegio. Ellos aprenderán de nuestro ejemplo y guía, y nosotros aprenderemos con ellos a ser seres humanos más conscientes y amorosos.