En este mundo cada vez más complejo, tenemos la alta responsabilidad de proteger y de ofrecer el mejor cuidado a nuestros niños.

¿Qué necesitan los niños?

Cada etapa del desarrollo hasta los 21 años es especial. Sin embargo, los primeros siete años son el fundamento de la vida; son decisivos. Para empezar, los niños pequeños no son adultos chiquitos. Su cerebro, su mente, su cuerpo entero, están despertando, desarrollándose. Esto los hace altamente maleables, pero también altamente vulnerables.
Tenemos hoy en día un panorama que nunca se había presentado: los niños están pasando cada vez más tiempo en las pantallas, y menos tiempo aprendiendo lo que les toca, con urgencia: a convertirse en personas, en seres humanos conscientes.
¿Cómo es que logran esto?
Justo con estas cuatro claves.

1. Movimiento

El niño pequeño es todo movimiento. No puede evitar moverse, es una imperiosa necesidad. Nada peor que mantenerlo sentado quieto, metido en una carriola, o en una silla alta por largo tiempo.

2. Juego libre

Los niños cuando juegan están imitando lo que ven alrededor: “practican” o ensayan a ser grandes; inventan su propio mundo mientras juegan. Descargan sus emociones, ponen a trabajar su creatividad, aprenden de las reglas del mundo físico, practican interacciones sociales. ¡Imposible sustituir toda esta riqueza de desarrollo de manera artificial!

3. Ejemplos de actividad humana

Es sólo en este periodo que el ser humano tiene la capacidad maravillosa de la imitación. Todo lo que ellos perciben lo van a internalizar y después expresar, como un espejo. Es primordial que en estos momentos reciban los mejores ejemplos de un adulto trabajando con propósito, usando sus manos para crear algo (la comida, la limpieza, etc.) y que estén protegidos de hábitos e imágenes detrimentales.

4. Experiencias en la naturaleza

La naturaleza tiene un poder curativo per se. Para el niño este contacto se vuelve como el oxígeno: nutre y vigoriza su cuerpo y su alma.
Cuando los niños están expuestos a las pantallas se apagan de un solo golpe todas estas posibilidades de movimiento, exploración, de aprendizaje, y de satisfacción. El niño, siendo una esponja que todo lo absorbe, se vuelve una blanda marioneta del diseñador que está detrás de la pantalla, presa fácil para moldear su forma de pensar a su conveniencia, para que en el futuro sea un consumidor leal y ciego del sistema. Pero en el camino, el niño pierde mucho más: pierde la ventana de oportunidad de desarrollar todos los senderos neuronales que le permiten tener concentración, control sobre sí mismo, y hasta empatía.
Las pantallas lastiman su cuerpo, porque no se mueven. Lastiman su vista, su cerebro, al presentarles imágenes con colores fuertes, con movimiento rápidos. Lastiman su mente y su alma, al presentarles imágenes equivocadas del ser humano. Y lastiman su vida al robarles su tiempo de SER NIÑOS.

¿Qué consecuencias tendrá esto en el futuro?

Ya lo estamos viendo; cada vez hay más niños con problemas de hiperactividad, incapaces de socializar en la escuela ni en la casa, con problemas de aprendizaje, groseros, irrespetuosos, ansiosos, deprimidos, con problemas para dormir, indolentes, obesos, agresivos, con retrasos de lenguaje, lectura y escritura, problemas de atención, dificultad para el juego creativo, déficits sensoriales y motrices, daños a la visión… pero lo peor será ver en qué se van a convertir como adultos, si tendrán la mente y el corazón para resolver su propia vida.
Podríamos pensar que el ser humano está perdiendo la batalla; pero estamos a tiempo, si TÚ actúas, si los padres de esta generación despiertan y aprenden qué necesitan los niños, y observan y los protegen de aquello que les hace daño.

Para empezar, hay una cosa, una, que por sí sola, puede dar un giro a esta situación: limitar las pantallas.

Protege a tus hijos. De nosotros depende darles la plataforma para que logren su objetivo de convertirse en magníficos seres humanos, preparados para cumplir con su misión en la tierra.