Parece toda una batalla lograr salir a tiempo de la casa por las mañanas (amárrate los tennis… no olvides tu lunch… ¿Dónde está el violín?). Estamos contra reloj; contra el tráfico, contra la campana de entrada a la escuela, contra nuestras propias ocupaciones.

Muchas veces no hemos salido de casa y ya estamos con el estrés a tope.

¿No podríamos transportarnos mejor en helicóptero?

No digo que sea diario, pero… si te ha pasado alguna vez, sabes a qué me refiero. Sobre todo en esos días en que tienen mil actividades después de la escuela.
Además de la clase de violín…

Esas carreras de la mañana no deberían tener lugar, sin embargo, nuestra cultura actual no nos apoya: nos lleva a las prisas, a los excesos, a un agobio que a veces no podemos manejar. Si nosotros como adultos nos sentimos así, ¿te puedes imaginar a un niño?

Cuando en la vida de los niños hay suficiente predictibilidad y calma, ellos pueden soltarse y sentirse confiados, es entonces cuando pueden respirar e integrar sus experiencias, y su verdadero Yo puede surgir y brillar. En cambio, cuando pasamos sin respiro de una actividad a otra, no hay manera de asimilar ninguna.

Los niños expresan su cansancio o su agobio con mal comportamiento, con problemas para dormir, problemas digestivos y muchas otras formas.

Pero no podemos sustraernos de la vida moderna.

Y aquí entra en juego una de las mejores herramientas en la crianza: el ritmo.
No me refiero a hacer las cosas siguiendo un compás, ni tampoco a una rutina militar. Me refiero a observar que durante el desarrollo del día, o de la semana, contemos con un contraste saludable: actividad y descanso, agitación y quietud.

El ritmo saludable puede lograr maravillas en tu vida. Eso se aplica de varias maneras: observando el equilibrio durante la temporada, la semana, o bien durante el día. Introduciendo correctamente pequeñas “islas” de tranquilidad nuestra experiencia se hará más grata; tendremos momentos de conexión, y además, estaremos preparando a nuestros hijos para el ritmo más importante de todos: el sueño.

Una familia que conocí, papá, mamá y dos hijos de 7 y 9 años, tenía una mañana muy estresante. La rutina empezaba desde las 5:40 para la madre, y todos salían de casa a las 7:15 am. No faltaba la presión de último minuto, la tarea olvidada, la tensión y los gritos. Para aligerar la presión, diseñamos un plan:

1. Procuramos que todo quedara lo más preparado desde la noche anterior: ropa, lunch, desayuno, instrumentos o equipo deportivo, proyectos especiales, etc.

2. Cuando ya todos estuvieran sentados en la mesa para tomar un desayuno ligero, prenderían una vela. Al terminar su desayuno (y antes de apagar la vela) se tomarían de las manos, dirían juntos una frase corta y se desearían suerte en el día, cada día los niños se turnarían para realizar este gesto. Al principio pareció mucho más trabajo, pero en realidad, esto le quitó buena parte del estrés a la mañana y no requirió más que un momento extra. ¡Creando magia!

Revisa el transcurrir de tu día, y busca maneras de equilibrar, de romper la prisa, de generar conexión. Los niños sabrán que su hogar es su campamento base, y esto nos brinda seguridad, tranquilidad y alegría a todos.

¡El ritmo repone la fuerza!